Algunas veces miro las ciudades, que veo como un collage algo sucio, descuidado, azaroso.
Miro esos caminos, y sé que el caos no está solo en mí, sino que es todo mi entorno.
Miro el cemento, la alcantarilla, el semáforo, la instalación eléctrica y veo las huellas del hombre en todos los rincones por los que quiero perderme.
Miro el dibujo del asfalto cenitalmente, inclinándome en el margen de la cornisa. Descifro un mapa que no existe porque es imaginario.
Apenas me queda reconciliarme; con el asfalto, con las aceras de dibujo distinto, con las señales que, de colores y flechas, absurdamente me guían, cuando tan bien sé que me guían mis piernas, mi ritmo de cadera, un olor que persigo en algunas calles.
Otras veces es la ciudad quien me mira, preguntándome cuantos pasos de cebra soy capaz de inventar, a qué hora imprevista quiero visitarla, cruzarla por sus puentes, avenidas y plazas.
Noto su pregunta, qué busco en ella después de tantos kilómetros, paseos, muros, puertas, ventanas encendidas.